Un mostacero

Un mostacero camina hacia el oriente, bordeando la Plaza de Armas, desde la esquina de Ahumada con Compañía hacia la esquina de Estado con Merced. Tiene hambre. No ha comido desde ayer y las tripas le suenan a cada rato, retorciéndose en una estríada amalgama de dolor de choro hampón de la Estación Central. A ver si consigue algo. Son las once de la noche, y su andar es lento y rudo, lo que contrasta con su vestuario: pantalones claros ajustados y un suéter color rojo italiano. Esto lo hace reconocible para quienes anden en busca de amor bajo los pilares del Portal Fernández Concha. Su mirada se encuentra con la del Manuel, cuarentón rechoncho de oficina, medio canoso medio pelao’, sonriente ávido de deseo, que de arriba a abajo recorre su cuerpo esbelto y torneado, apenas revelado bajo su ropa añosa, su cara media mapuche media piamontesa, su pelo rubio pajizo, rucio como dicen en Chile. El Fabián desde hace mucho aprendió el código de la mirada, tan típico de los colas. De todos los códigos secretos que utilizan los maracos para reconocerse entre ellos, la mirada es, sin duda, el más sutil y decidor.


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Gonzalo Asalazar

Escritor nacido en San Felipe desde las entrañas de la Tierra. La palabra lo ha acompañado toda su vida. Su voz tiene la fuerza de la honestidad carnívora, heredera del linaje cerebral y auditivo de todas las madres.