Óscar

Los detectives se ríen y cuentan los billetes, mientras el Óscar se lamenta en la parte trasera del vehículo que los lleva con los pacos de la Primera Comisaría. Una vez allí, lo bajan a empujones y lo meten en una celda llena de hombres. Apenas lo ven, estos empiezan a cuchichear entre ellos y a reírse bajito en la oscuridad húmeda de los confines de la jaula. El Óscar no puede verlos, sólo percibirlos. De repente, salta uno, mira qué blanquito el pavo, ta’ tiernecito, deberíamos probarlo. Los demás se ríen y se le acercan tres choros, lo agarran del pelo largo, de la cintura, de las piernas y lo jalan hacia atrás, hacia los ojos y bocas y manos y penes duros, entre todos lo empelotan y luego se sortean quién se lo culiará primero. El ganador saca un cortaplumas precario y, poniendo en cuatro al Óscar, le hace una pequeña incisión justo en el perineo. Luego avanza, hendiendo más la hoja, justo hasta la entrada del ano y la sangre empieza a manar a borbotones. Para que nunca más te olvidís de mí, cabrito, le dice el choro al oído, y se lo empieza a meter con la ayuda de la sangre que humedece su agujero. El Óscar no puede gritar porque el que salió segundo en el sorteo le está ensartando su pene en la boca, los otros miran. Algunos se pajean. Con cada embestida, por el culo y por la boca, el Óscar piensa en su mamá, en sus hermanitos chicos allá en la oscuridad del Zanjón de la Aguada, cuando dejó la escuela donde no lo dejaban tranquilo por cola, por ser cola y pobre le pasa, por maraco atorrante de la Plaza de Armas.


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Gonzalo Asalazar

Escritor nacido en San Felipe desde las entrañas de la Tierra. La palabra lo ha acompañado toda su vida. Su voz tiene la fuerza de la honestidad carnívora, heredera del linaje cerebral y auditivo de todas las madres.